Ratcacther comienza con una extraña imagen: un ralenti extremo de un nicho jugando con unas cortinas, que lo van apretando hasta la asfixia. De repente, un golpe. El primero de unos cuantos. La imagen se deshace de esa lentitud transparente, de una belleza mortuoria, para mostrar un panorama no demasiado alejado de ese. Es que estamos en Inglaterra, en plena huelga de los recolectores de basura, mediados de los 70’s. Una comunidad que convive con la mugre absoluta, con los roedores persiguiéndolos, siendo parte de su paisaje cotidiano, envueltos en el reflejo del nylon oscuro, petrolifico de las bolsas de residuos que, como si fueran montañas en la llanura, parecen ir escalando en metros, hasta inundarlos por completo. También hay un canal, donde el agua, ya lejos de ser limpia, transparente, es mas bien turbia, y que se encarga, lentamente, como si de un pozo ciego se tratara, de llevar a su superficie mugrosa a todo el que intente domarla. Ese es el panorama. Y encima la muerte, que aparece una vez, pero que se instala de una forma paranoica, amenazante. Se trata de una atmósfera de asfixia pura, de un cielo constantemente gris, de un aspecto de fin de guerra nuclear, trágico, apocalíptico. Lynne Ramsey apunta a una tarea difícil: tratar de encontrar en ese oscuro paisaje alguna especie de esperanza, de poesía salvadora, ver la belleza en la mugre absoluta.
Como en “Morvern Callar”, su película posterior, se trata de relatos en los cuales estamos inmersos bajo la perspectiva del personaje principal. Si en aquella película, estábamos guiados por los estados alterados de Samantha Morton, acá los estados continúan alterados, pero la génesis del caos es distinta. Se trata, si, nuevamente, de una muerte, de una muerte extraña, incomprensible. Ese es el disparador. Idéntico comienzo tenia “Morvern Callar”, con lo cual podemos incluso hasta llegar a decir que la muerte es para Ramsey como una especie de tema predilecto, que le viene perfecto para mostrar esa desintegración, esa desconexión momentánea de sus personajes con su entrono, siempre tan, o mas, inestables que ellos. Y esto es algo que se debe tener en cuenta. Porque filmar la muerte es siempre algo que se jacta para todo director como un desafío, un problema a resolver. Lo bueno de Ramsay, y ahí lo interesante del asunto, es que ella parece filmar lo infilmable con una sensibilidad que resulta avallasante. En “Ratcatcher” la muerte parece ser invisible. Esta, pero no esta. Tenemos la escena de la muerte, pero es como si no se pudiera ver, como si Ramsay hubiese elegido filmar los bordes de la misma, los gestos, las sombras que se reflejan en el agua. No va al hecho en si, va hacia los efectos del mismo. Esto es algo muy interesante, porque, evitando el rango de lo abyecto, lo que consigue Ramsay es generar un misterio allí donde no hacía falta que este, donde nuestra tarea, nuestra percepción como espectadores no lo necesitaba. Genera capas de efectos inéditas. Ve el gesto de la violencia y lo embellece de una manera impensada, extraña, raramente observada.
Y es que la muerte es en “Ratcatcher” la propulsión verdadera de las acciones. Y no se trata únicamente de una muerte física, sino que también se hace presente en diversas manifestaciones. Las calles repletas de basura son como cadáveres derrumbados ahí mismos, quizás una especie de plano futurista acerca del estado próximo, aun más caótico, del porvenir inmediato. Por esa misma razón es que el escape se manifiesta de una forma casi indispensable para continuar en el mundo de los muertos. El pequeño protagonista tiene unas vías de escape que lo hacen desaparecer un poco de todo ese panorama angustiante. Entonces se va. Un pequeño cielo despejado se encuentra en la compañía de una chica, un poco mayor que el, que sufre una cantidad de angustias que la ponen en el mismo nivel que las ratas. Porque así se tratan todos: el basurero es el comportamiento, es la acción, el movimiento. No hay otro código. El que pisa es también el pisado. No parece haber alguna chance de cambio, las posibilidades están extinguidas. Pero hay otro lugar, de una esperanza aun más arrebatadora, más palpitante. Una casa en el campo, a las fueras, donde no hay basura, no hay negrura residual, no hay canales cerca. Puro paisaje austero, autentico plano de un futuro un poco mas brillante. Aquí de nuevo Ramsay prefiere los márgenes. Nunca explicita nada demasiado. Todas las escenas parecen gestarse de una forma imprevista, donde son los pequeños gestos los que hacen la grandeza: James haciendo pis en un inodoro aun sin instalar, donde su líquido comienza a esparcirse por el piso; de nuevo James, pero ahora con su vecina, bañándose, jugando con un jabón que constantemente se les escapa. Pequeñas postales de sol en medio de la tormenta. Son estas escenas las que actúan como alivio, en medio de la tormenta imparable. Son el momento en los que las trampas para ratas parecen dar efecto.
Entre esos dos polos esta “Ratcacther”. Ramsay pasa de un estado al otro, nunca los intercambia, nunca los combina, sino que más bien se trata de una especie de unión que genera un campo de batalla que se extiende hasta el límite de lo impensado. James es nuestro guía en medio de los golpes. Todo en la película de Ramsey parece venenoso, parece rancio, podrido. Los chicos juegan en un terreno lleno de restos orgánicos inservibles, inutilizables y todo parece entrar en la categoría de desecho. Es un desecho global. Una canción de The Smiths desplegada al cuadrado. Un mundo que desde la óptica de Ramsey (que no es otra que la del pequeño James, el protagonista), nos llega como desdoblada, raramente esperanzadora. Una perspectiva putrefacta y aún onírica. Un paisaje doblemente perturbador: las ratas en el piso, las ratas en la luna, arrasando con todo.