Algunos apuntes tristes luego de ver They Live By Night (Nicholas Ray, 1949)
No hay caso: enfrentarse a una película de Nicholas Ray es enfrentarse a la más sentida de las desazones. Son películas que trabajan una extraña disección del caos. Extraña sobre todo por dos motivos: primero, porque a contracorriente de lo que ocurría en el período de oro de los estudios, Ray se esforzaba por mostrar a unos sujetos que encontraban como una lógica de sus acciones el hecho de querer despegarse de cualquier tipo de establecimiento: lejos de sus casas, en la calle, luchando contra lo que el destino les impuso desde hace mucho tiempo; y segundo, porque Ray no solo se conformaba con mostrarlos, sino que también los entendía,conocía lo que les pasaba y ejecutaba de esa manera una forma de comprensión nunca perfecta, porque eso hubiera significado mentir, sino mas bien descontrolada en dosis proporcionales a las emociones desatadas de sus personajes. Se trata de ficciones que llevan todo hasta las últimas consecuencias, que todo el tiempo se tambalean, que se sienten cómodas siendo conscientes de su intermitente riesgo de caer al abismo. Una película de Ray es una película sin cinturón de seguridad. Y uno tiene que agarrase fuerte y tratar de hacer lo mas palpable posible el viaje al que nos está invitando. Como siempre, se trata de tomar decisiones.
Y entonces ahí está todo el tiempo el precipicio, y nosotros avanzamos junto a Ray y sus outsiders habituales hacia el mismo, con una velocidad que incita a que hasta el tiempo se nos ponga en contra. Sin embargo, hasta la mas violenta de las vorágines da tiempo para que las cosas se ordenen minimamente: que haya desorden solo implica que un nuevo orden se imponga, uno mas desesperado, menos pegado a las estructuras conocidas, pero un orden en definitiva, que a su vez establece nuevas reglas, construye nuevos puentes entre las cosas y habilita la necesidad de la aventura. Cuando en “They Live By Night” Bowie aparece en la casa de Keechie ahi se instala la lógica del big bang: él, herido, recién convertido en fugitivo y saboreando una vez mas otra de las sorpresas que le toca vivir; ella, deseosa de escapar de ese aburrimiento, ve en Bowie la posibilidad de la revolución, la chispa que encederá la llama y que hará explotar su mínimo orden para que otro haga su aparición. De escribir el resto de la historia ya se encargó el destino.
Y uno comienza a seguir a esos dos como sabiendo que ya no hay chance de un final feliz. Todo comenzó demasiado arriba, así que lo único que queda es ver cómo todo va cuesta abajo. Ray obviamente sabe que no hay otra posibilidad mas que la amargura, y también sabe que dejar ser feliz a estos dos chicos significaría plantear un camino esperanzado, dejar las puertas abiertas para la posibilidad de destrucción del destino. Por eso acude de forma urgente y sin vacilaciones a la mas extrema de las desilusiones: los amantes se aceptan porque saben que no les queda otra opción que esperar juntos el fin.
La conclusión está perpetrada por la incorrecta necesidad de ellos de pensarse dignos de vivir en el centro de la normalidad. Les cuesta darse cuenta de que lo suyo es y siempre será el margen. A su alrededor, sin embargo, todo grita incoherencia. La magnifica secuencia de la boda es ejemplar a esta circunstancia. Entendida como el acto mas surrealista y por eso mismo mas mágicamente cinematográfico que el cine de Nicholas Ray alguna vez haya dado (aunque, admito, hay varios de estos momentos desperdigados por su cinematografía y muy sano sería analizarlos o por lo menos anotarlos para dejar concreta constancia de su existencia), sucede como en un sueño, o por lo menos, como envuelto dentro de un clima de una felicidad abrumadoramente tensa, inmerecida. La ceremonia se desarrolla dentro de una de esas capillas de transición, donde parecen ser mas cotidianos los arrepentimientos que las uniones felices. Claro que para estos dos que nos incumben esa arquitectura de la urgencia es lo único que necesitan para saber que están en el lugar correcto. Ni música, ni fotos, solo 20 dolares y ya son marido y mujer. No hay dios y los testigos son engripados invisibles. Nada mas desolador, nada mas desarraigado que esa sensación de no estar en ningún lado pero aún así sentir que se está en el lugar indicado, con la persona indicada. Sin embargo, el hecho de que esa unión les haga pensar que a partir de allí todo será normalidad, es pura fantasía, pura esperanza a punto de romperse la cabeza.
Y cuando lo inevitable haga su aparición, cuando lo único que quede es el registro de una promesa, una carta que solo recupera un pensamiento, Ray ya nos tiró por el precipicio. Los jóvenes se reducen, la juventud se malgasta: uno tirado en el piso, la otra de espaldas al mundo. Al comienzo, un anuncio nos dice que esta película es la historia de unos chicos que no fueron debidamente presentados al mundo que vivimos. Hay en ese comienzo toda una declaración de principios. Ray se pone bajo sus hombros la tarea de mostrarlos debidamente, de ser consciente, de ser, como dijo Godard alguna vez, moralmente cinematográfico. No pudo haber elegido tarea mas difícil.
En 1978, 30 años después, Ray comenzó a filmar lo que sería su última película, obra que quedo inconclusa debido a su muerte y que lleva por nombre “We Can´t Go Home Again” (“No podemos volver a casa”). Esto quiere decir que ya no hay lugar, ya no hay espacio para estos seres, salvo, claro, el de la pantalla, el que Ray creó a su justa medida: desesperante, sinuoso y furiosamente melancólico.
Lo repito: la mas sentida desazón