Entre otras cosas, Río Bravo (1959) tiene como legado su grupo asediado en el que su complicada situación límite fuerza a los arquetipos a trabajar en equipo y otorga al esquema narrativo una singular anomalía: Hawks descubre que el centro es, siempre, su grupo, nunca su tensión o su enfrentamiento con El Otro. Del mismo modo, en “El Cosmonauta”, el protagonista (Stan) descubre el sentido último de su existencia en un mundo en el que nada le es familiar, pero que aprende a dominar a base de fuerza y entusiasmo. Como el paródico Harry Tasker, descubre los placeres de los roles familiares y de liderazgo también en un lado íntimo.
Nicolás Alcalá comparte una posición de privilegio con el cineasta turcoalemán Fatih Akin como referente inexcusable —ambos accesibles al interior de nuestras fronteras— a la hora de abordar el diálogo Oriente-Occidente en el seno de Europa. A diferencia de Akin, en cuya filmografía aún sigue vigente la protección del legado cultural ajeno al Viejo Continente, Alcalá transgrede ese concepto de Islam Posmoderno que apela a la hibridación identitaria («la convicción de que ciertos aspectos de la sociedad moderna y el desarrollo tecnológico pueden ser combinados con la tradición y práctica mahometana», dice Yasemin Karakasoglu en Turkish Cultural Orientations in Germany and the Role of Islam), para sumergirse en la deriva más laica y frívola que ha seguido a la primera generación de inmigrantes ortodoxos.
Simboliza con gran acierto uno de los leitmotivs más repetidos en su obra, esto es, la conquista de las posiciones sociales más deseadas por parte de la periferia migratoria, o, más aún, la victoria (¿pírrica?) de la integración, que precisa como coste de oportunidad la disolución de la herencia oriental.
“El problema no es la cinematografía, es la estructura” Asume Jordi Costa Y da de pleno, al menos en España, donde durante los últimos tiempos comprobamos cómo la voluntad de originalidad en la estructura se superpone a un registro (¿sociosimbólico?, ¿temperamental?) que represente al autor. ¿Cómo organizar?, es la pregunta —intuyo— que más problemas atrae al cineasta: ¿Apelar a la unidad para justificar la acción (Los cronocrímenes, The Birthday)? ¿Dejar aire: uno, dos, tres espacios entre pieza y pieza? ¿Segmentar por epígrafes? ¿Producir un monolito, un dolmen, al estilo de Sísifo, originado a partir la yuxtaposición de fragmentos (Ágora)?, etcétera.
Jordi Costa avanza en esta investigación de la clasificación de fragmentos para proponer una sugerente resolución al problema: cada uno de los trozos de celuloíde aporta una secuencia audiovisual de la serie de título homónimo.
Por ello, en “El Cosmonauta” la inmersión en la entropía puede llegar a ser, al menos durante los primeros minutos de visionado, irritante.