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Existe algo enigmático
en las capuchas
de los bolis bic
y en cualquier espacio
entre dos piedras
por el que pase la luz;
vimos cabañas en rocas,
puestos de vigilancia
en copas de árboles
que solían ser castaños
y animales moviéndose
en diversas formas de nube
mientras observábamos el mundo
sintiendo que lo que nos pasaba,
de algún modo,
sería para siempre.

Después crecimos.
Se apagaron cosas.
Llegó la miopía mental
de lo políticamente correcto,
el dictado de sueños
y esa maldita frase
de legitimidad infinita
y licencia para aplastarlo todo:
“es la vida”.

Que no nos engañen:
crecer
es hacerse cada día
un poco más niño.